Persuadir o Manipular: La Línea que la Política ya Cruzó.

Hay una pregunta que los ciudadanos rara vez se hacen cuando ven un video político en sus redes sociales: ¿me están convenciendo o me están programando?

La diferencia importa más de lo que parece.

Persuadir es presentar argumentos, apelar a emociones legítimas y dejar que el ciudadano decida. Manipular es intervenir en ese proceso de decisión sin que la persona lo note: explotar miedos, distorsionar hechos, activar sesgos cognitivos que pueden cambiar el razonamiento. La persuasión respeta tu inteligencia. La manipulación la evita.

Durante muchos años, la política operó en plazas públicas, periódicos y televisión. Los mensajes eran masivos pero uniformes; llegaban igual a todos. Hoy eso cambió radicalmente. Los algoritmos construyen realidades a la medida de cada usuario, y los equipos de campaña lo saben. El mismo candidato puede mostrarse como defensor del orden ante un segmento y como agente de cambio ante otro, todo en el mismo día, sin que ninguno de los dos públicos se entere de la contradicción.

En América Latina la tendencia es clara y preocupante. El uso de bots para inflar tendencias, las noticias falsas distribuidas por WhatsApp, un canal que se ha vuelto casi imposible de auditar, la compra de interacciones para fabricar popularidad y la microsegmentación emocional son prácticas de campaña muy normales. No son excepciones. Se han convertido en el manual.

Pero, ¿dónde debería estar el límite? En la transparencia y en el respeto a la verdad que pueda verificarse. Un spot que dramatiza un problema real es una comunicación política legítima, aunque incomode. Un video editado para atribuir declaraciones que nunca se dijeron es desinformación, aunque esté producido con calidad cinematográfica. La emoción no es el problema; la mentira sí.

Hacer política hoy exige velocidad, pero la velocidad sin criterio es la ocasión perfecta para la manipulación. Los equipos de comunicación trabajan en ciclos de minutos, respondiendo tendencias antes de verificarlas, construyendo narrativas antes de analizarlas. En ese ritmo tan efusivo, la verdad casi siempre llega tarde.

Pero la manipulación no solo vive en las campañas electorales. También se da, con mayor discreción, en la comunicación de algunos gobiernos en ejercicio.

Hay una forma particular de opacar la realidad que no requiere mentir abiertamente, por ejemplo: basta con hablar de manera que nadie entienda. Informes cargados de tecnicismos, cifras presentadas sin contexto, comparativos estadísticos que suenan impresionantes pero que el ciudadano promedio no puede evaluar. ¿Creció el PIB 2.3% en términos reales desestacionalizados? Quizás. Pero si el precio de la canasta básica subió el doble, esa cifra técnicamente correcta cuenta solo una parte de la historia.

Ahora, no se trata necesariamente de mala fe en todos los casos, porque muchos hacen muy buen trabajo de comunicación. Pero a veces es inercia burocrática, el lenguaje técnico que los funcionarios manejan con naturalidad pero que resulta ajeno para quienes no comparten esa formación. Sin embargo, el efecto práctico es el mismo: una ciudadanía que no comprende los resultados de su gobierno difícilmente puede evaluarlos, y un gobierno que no puede ser evaluado difícilmente sabrá cómo puede mejorar.

La comunicación gubernamental tiene una responsabilidad especial: no hablarle al expediente, sino a la persona. Explicar con claridad qué se hizo, cuánto costó y qué cambió en la vida concreta de la gente. Esa sencillez debe ser una obligación. Cuando un gobierno comunica bien y con honestidad, no necesita convencer de que es el mejor. Los resultados hablan solos, y los ciudadanos, cuando entienden lo que se les dice, son perfectamente capaces de juzgar por sí mismos.

El ciudadano que no se pregunta por qué le está llegando ese contenido en sus redes sociales, en ese momento, con ese tono emocional, es el ciudadano más vulnerable. Y esa vulnerabilidad no siempre es una mala práctica del sistema, es realmente su finalidad.

La política necesita persuasión, eso es inevitable y hasta sano. El problema no es convencer; el problema es engañar mientras finges que convences.

Cuando un gobierno o un candidato decide que el ciudadano no merece la verdad completa, o que es más fácil confundirlo que explicarle, algo no va bien y crea distancia en las audiencias. No solo se pierde la confianza, que ya es mucho. Se pierde el pacto básico sobre el que se sustenta cualquier democracia: que quien gobierna lo haga para la gente, no sobre ella.

Creo que, en un momento donde la información fluye de manera inmediata, la ciudadanía, en general, hoy es más inteligente de lo que la política puede suponer. Detecta cuando le hablan con respeto y cuando le están vendiendo humo. Quizás no siempre de inmediato, pero sí con el tiempo. Y cuando esto sucede hay consecuencias fuertes.


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